domingo, 11 de enero de 2009

8 minutos

Ahogado en una perpetua abstinencia de luna, se esconde tras el cristal olvidando que es un espejo, la tarde lo rodea de nuevo mientras mira al sol se vertiéndose en oro sobre las historias desnudas de la ciudad. El tiempo ha dejado de ser un recurso inagotable, no se puede hacer mucho atrapado en una cárcel de doble reja, cuatro paredes y doce costillas comprimiendo un corazón a punto de ebullición.

La puerta se abre lentamente como preludio al terremoto. Ella le rodea la espera con los brazos y transforma la incertidumbre de la habitación en una procesión de argumentos temblorosos, besos inexactos, miradas dinamizando la realidad, danzando sobre los rostros, devolviendo el adjetivo de lo etéreo a una conversación que supera a lo fortuito en brevedad y vuela ligera como el infinito. El vals de una promesa se vuelve tango y los abrazos mar, lo imposible le ha ganado a la probabilidad, golpea a la angustia contra la ventana y el día se vuelve eternidad para celebrarlo

Ocho minutos de brillo antes de percibir la desaparición solar, ¿Qué es el tiempo cuando las distancias mienten?

Los eventos se superponen y alumbran mutuamente anunciando la inevitable colisión, el tiempo se desdobla y revela caricias ocultas, la gravedad ya no es tan grave como para sujetar su cabeza dentro de la atmósfera, los cuerpos se desmaterializan en un suceso espontáneo, para fusionarse en los labios del otro… se han transformado en luz

“-un segundo, sólo un segundo para llegar a la luna”

Y lo cumpliste